La adaptación cinematográfica del fenómeno global de Dan Brown no comenzó en una sala de juntas. Todo comenzó con una recomendación personal del presidente de Sony, Howard Stringer. Antes de que la versión de bolsillo de El Código Da Vinci alcanzara su punto máximo de ventas, Stringer presionó al productor John Calley para que leyera el libro. Su veredicto fue simple: “Un thriller excelente. Me enloqueció por completo”.
Calley tomó en serio el consejo. Se movió rápidamente para asegurar los derechos de la película, bloqueando efectivamente el activo antes de que la industria se diera cuenta de lo que tenía.
Pero el verdadero drama detrás de escena fue algo más que la simple adquisición de propiedad intelectual. Se trataba de encontrar el socio creativo adecuado.
Por qué Ron Howard era el director ideal
Brian Grazer, copresidente de Imagine Entertainment, estaba intrigado por el tono controvertido del libro. Para él, el atractivo no era sólo la trama de pasar página. Fue la fricción histórica.
“Para mí, El Código Da Vinci no sólo ofrece entretenimiento grandioso y emocionante; más bien, fueron los hechos subyacentes los que captaron mi atención, como la discrepancia entre los hechos históricos y la historiografía.”
Grazer encontró emocionante la tensión entre la historia aceptada y las teorías de la novela. Cuando él y su socio, el director Ron Howard, supieron que Calley ya tenía una opción sobre los derechos, no se quedaron quietos. Presentaron su visión para la versión cinematográfica. Se convirtieron en socios.
El interés de Ron Howard estaba arraigado en la mecánica del género. Le encantan los thrillers. Reconoce la arquitectura del suspenso.
“La historia tiene todos los momentos clásicos de tensión que caracterizan a una buena película”, explicó Howard. Entendió el truco de Brown. La narrativa te atrae con tropos de misterio familiares. Se siente seguro. Luego, saca la alfombra.
“Parece llevar al espectador en una dirección determinada, pero de repente ocurre un giro sorprendente. Eso es lo que Dan Brown usa para cautivar tanto a sus lectores: ‘Crees que estás en un terreno familiar en un thriller de misterio, y de repente – ¡guau! – los acontecimientos toman un giro completamente diferente'”.
Howard vio la versión cinematográfica de ese mismo pivote.
El atractivo de la colaboración
John Calley acogió con satisfacción la colaboración. Llevaba años buscando trabajar con un director ganador del Oscar. No sólo quería fama; quería artesanía.
Consideró que Howard era la “opción ideal”. ¿Por qué? Porque Howard aborda los proyectos con una disciplina rutinaria y una humildad sorprendente. Sirve a la historia, no a su ego.
“Siempre he admirado a Ron. Es rutinario y extremadamente modesto: se pone enteramente al servicio del proyecto. Es la elección ideal porque aporta una especie de comprensión básica y de apertura que este material requiere.”
Esta alineación de intereses (la propiedad de Calley, el interés temático de Grazer y el dominio del género de Howard) creó las bases para una de las franquicias más rentables del cine moderno. La tensión entre historia y ficción en el libro reflejaba la tensión al realizar la película. Pero una vez que el equipo hizo clic, la maquinaria de Hollywood giró.
El libro fue un éxito de ventas. La película se convirtió en un evento cultural. Pero el punto de origen sigue siendo esa chispa inicial: la recomendación de un presidente y el instinto de un productor de actuar con rapidez.
























